Después de echar un polvo, sienta muy bien una ducha. Una ducha para despojarse de todo tipo de flujos y restos corporales, de ciertas suciedades y olores, para purificar el cuerpo, relajar y sentir que no se ha cometido ningún acto malcristiano.
El problema viene cuando te estás duchando, y de repente sientes a tu compañero hurgando la llaga de la mampara porque no se ha quedado del todo satisfecho o porque es ninfómano perdido. Aunque tampoco importa mucho, aprovechando la dilatación de hace unos minutos y la lubricación del jabón, no supone un gran esfuerzo el ponerse en sintonía otra vez y darle al bombeo.













