Se puede ser muy perra sin adoptar un rol sumiso y sin estar a cuatro patas. Se puede ser una auténtica hija de puta ejerciendo de carcelera, estando buena y poniendo cachondos a los reclusos para que luego les duelan los huevos y se queden con las ganas de follar, o incluso de hacerse una paja.
Ese poder libera en la mujer un volcán de endorfinas, pero si la maniobra sale mal, puede acabar siendo ella la reclusa, la perra propiamente dicha, y finalmente, salir aún mejor toda la hazaña. Ello es lo que le sucede a esta carcelera de la prisión de Guantánamo con dos de los reclusos que tiene a su cargo.
Los pone cachondos perdidos y en un desliz de poder, la introducen en la celda y toman ellos el relevo de poder y autoridad. Los delincuentes recluidos no tardan en despojarse de su mono naranja guantanamero, y lejos de parecer unos simples presos yanquis o distribuidores de bombonas de butano Repsol IPF, se convierten en dos rabudos actores porno que se la follan por todos los agujeros y simultáneamente.
¡Cómo relinche la muy puerca!
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